8M ¡Nos importa más la pared que la vida! | Paréntesis Legal

Martha Magaña López

 

 

Martha confiaba en el Derecho, confiaba en la justicia; su formación profesional le enseñó que los expedientes bien integrados, las investigaciones diligentes y las sentencias con perspectiva de género podían cambiar realidades. Creyó que el Estado existía para proteger la vida.

 

Nunca imaginó que un día escribiría el nombre de Isabel, su prima, en una cartulina morada.

 

Isabel era educadora, salió a dar clase y no volvió.

 

El morado ya estaba en la historia de Martha antes de esa ausencia, estaba en su ropa, en sus ponencias, en los pañuelos que doblaba con cuidado antes de cada 8 de marzo.

 

El morado era identidad, memoria, convicción; después se sumó el duelo; cada vez que sostiene una cartulina y escucha el murmullo que crece hasta convertirse en consigna, sabe que no marcha por abstracciones sino por un nombre propio.

 

Recuerda una marcha en particular, la multitud avanzaba como un río denso y vibrante, el viento arrastraba el olor a incienso y a velas recién apagadas, de pronto, el grito estalló: “¡Vivas se las llevaron, vivas las queremos!”. Martha lo gritó con rabia, con el cuerpo entero, mientras sentía cómo los ojos se le llenaban de lágrimas que no eran solo tristeza, eran furia acumulada, impotencia, cansancio, cada lágrima era un juramento: no olvidar, no callar, exigir justicia a un país que se desploma ante muertes y desapariciones de mujeres.

 

Cada que salimos a la calle, debemos cuidar cómo vestimos, cómo hablamos, qué decimos; dependemos de que nuestras amigas estén atentas a nuestras ubicaciones y nuestras familias sepan dónde estamos porque no tenemos la certeza de que podremos volver. Cada paso, cada mirada, cada grito es un acto de riesgo, pero también de resistencia.

 

Como dijo Audre Lorde: “Tu silencio no te protegerá”, y Martha lo sabe mientras avanza, sosteniendo la cartulina de Isabel entre sus manos temblorosas de emoción y rabia.

 

Las ciudades cuentan historias con piedra y metal, monumentos, placas, fachadas impecables que parecen inamovibles. Cuando cada 8 de marzo algunos muros aparecen cubiertos de consignas, la discusión pública se concentra en la pintura, se condena el aerosol y se sanciona la diamantina; se lamenta la puerta rayada y la estatua intervenida.

 

Pero, las vitrinas se reemplazan, los edificios se restauran, la piedra puede limpiarse; sin embargo, Isabel, no volverá.

 

María, Laura, Patricia, Angélica, Roberta, Zuley, Areri, Gabriela, Monserrat y muchas más no pueden volver.

 

Cada símbolo que se coloca en las calles tiene historia y fuerza. Los zapatos rojos, por ejemplo, comenzaron en Ciudad Juárez en 2009 con la instalación de Elina Chauvet para recordar a su hermana asesinada, y desde entonces se han multiplicado por todo México, desde Nezahualcóyotl hasta Monterrey, Oaxaca y la Ciudad de México.

 

Martha recuerda que, en una plaza, un colectivo colocó casi cien pares de zapatillas rojas, cada par cuidadosamente numerado con los nombres de mujeres asesinadas ese año, algunos zapatos tenían flores dentro, otros, cartulinas con poemas; cada uno, una memoria que podía tocarse con la mano [1].

 

Las velas encendidas iluminan la noche con su luz temblorosa. Cada llama es un hilo que conecta la ausencia con los vivos; cada vela es plegaria, memoria y resistencia. Martha ha visto cómo en círculos de luz los nombres se leen en voz alta, cómo los poemas se recitan, cómo el silencio se vuelve audible. La luz parece frágil frente a la magnitud de la pérdida, pero su resplandor corta la indiferencia, obliga a mirar, a sentir, a recordar [2].

 

La diamantina morada, brillante y revoltosa, se convirtió en símbolo de furia. En agosto de 2019, durante una protesta en la Ciudad de México, manifestantes lanzaron brillantina sobre el entonces jefe de Seguridad Ciudadana mientras intentaba hablar, como gesto de rechazo ante la violencia institucional y la impunidad, y desde entonces la diamantina se repite en marchas como lenguaje de protesta visible y poético [3]. Cada soplo de brillantina es rabia materializada, un gesto colectivo que ilumina la indignación.

 

El concepto de antimonumento se acuñó en México con la instalación de los 43 normalistas desaparecidos, se replican como actos de memoria y resistencia en plazas públicas. No buscan embellecer, sino obligar a mirar, a sentir y sostener en lo visible la ausencia de quienes ya no están. Cada intervención, cada placa, cada muro intervenido, es testigo de la impunidad y recordatorio de las vidas arrebatadas.

 

El Bloque Negro, por su parte, representa la furia de todas las mujeres vestidas de morado, es quien pinta, quien rompe, quien intenta traspasar las bardas de acero que nos levantan para impedirnos llegar. No es espectáculo ni protocolo: es rabia física, duelo materializado, desafío a la impunidad. Cada paso, cada aerosol, cada mano que sostiene la diamantina es un grito que golpea el aire, que recuerda que no basta con palabras ni expedientes; la justicia que tarda en llegar obliga a ocupar la calle, a tomar el espacio que nos quieren negar, a marcar con color, ruido y presencia lo que no podemos callar [4].

 

Frases de feministas resuenan en cada esquina: Simone de Beauvoir decía que “no se nace mujer, se llega a serlo”, recordándonos que la lucha es histórica, social, colectiva; Angela Davis nos recuerda que “no aceptaremos la justicia de los que nos han oprimido”. Martha escucha estas palabras mientras grita, mientras sostiene la cartulina de Isabel, mientras siente que cada símbolo, cada nombre, cada zapato y cada vela, es parte de un coro que exige que el mundo finalmente vea lo que nos hacen y lo que nos arrebatan.

 

Tal vez el día en que ninguna mujer falte, que la investigación sea verdaderamente diligente y la justicia actúe con perspectiva de género, en que no haya más nombres que agregar a las cartulinas moradas, el morado vuelva a ser solo color. Hasta entonces, la pregunta seguirá incomodando: ¿nos importa más la pared que la vida?

 

Mientras exista una ausencia que explicar, mientras haya una familia esperando respuestas, mientras una mujer envíe su ubicación antes de salir porque no tiene certeza de volver, el morado no será una moda ni una consigna pasajera. Será memoria, será rabia, será exigencia.

 

Hasta que el morado vuelva a ser solo color, no solo se romperán cristales y se rayarán muros; se quemará todo lo que sea necesario para que no vuelva a faltarnos una más.

 

 

[1] Elina Chauvet, Zapatos Rojos: Arte y Memoria contra los Feminicidios, 2009. https://www.entrelineas.info/articulo/1066/23748/el-colectivo-mujeres-dolorenses-se-suma-a-zapatos-rojos-para-decirle-no-a-la-violencia-de-genero
[2] Cobertura periodística de la instalación de velas y memoria en marchas feministas. Estado de México, Zapatos Rojos, 25 de noviembre 2025. https://estadodemexico.heraldodemexico.com.mx/municipios/2025/11/25/zapatos-rojos-neza-colectivos-feministas-se-manifiestan-con-arte-en-nezahualcoyotl-8241.html
[3] Protesta feminista con diamantina morada sobre funcionario público, Ciudad de México, agosto 2019. https://pulsenewsmexico.com/2019/08/20/the-purple-glitter-dust-rebellion/
[4] Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), Estadísticas a propósito del Día Internacional de la Mujer, última edición disponible