Emili y las doce formas de la violencia de género | Paréntesis Legal

Martha Eugenia Magaña López

 

Emili ha dejado la toga, como muchas de sus compañeras juezas, pero no la lucha por visibilizar las violencias de género. Hoy escribe desde un país lejano, con el frío contenido en una taza de café, mientras observa las luces de la ciudad a través de la ventana.

Hay una pregunta que la acompaña y no se va:

¿por qué la violencia de género se cuela como el aire, normalizada, aceptada, disfrazada, a veces incluso celebrada con likes?

Emili entiende algo con claridad: La violencia de género no sigue un calendario, no ocurre por etapas ordenadas ni avanza de forma lineal, se infiltra, se adapta, cambia de forma, a veces comienza como broma, otras como silencio, otras como trámite administrativo.

No siempre se presenta con gritos o golpes, muchas veces se instala antes, cuando aún parece “nada”.

Estas son doce formas en las que la violencia de género se manifiesta, se reproduce y se normaliza, la mayoría de las veces no vienen en forma aislada, son piezas del mismo engranaje.

  1. La violencia simbólica: cuando todo empieza “sin importancia”

La violencia simbólica vive en lo que vemos y escuchamos todos los días: en el meme, en el comentario, en la portada que sigue colocando a las mujeres como adorno, como objeto, como burla, en los chistes que ridiculizan, esos que compartes como varón y que soportas como mujer.

Parece inofensiva, no golpea, pero moldea una sociedad, un comportamiento, crea costumbre, siembra la semilla.

Si permitimos estas “pequeñas” burlas, la cosificación y los comentarios malintencionados, lo que viene después se intensifica, porque ya encontró terreno fértil.

Cuando una idea se repite lo suficiente, deja de cuestionarse y se normaliza, por lo que si cuestionas la violencia cuando esta se ha insertado en la costumbre, serás quien vaya “contra la corriente”

  1. La violencia psicológica: cuando el amor se vuelve control

La violencia psicológica suele disfrazarse de cuidado, de preocupación o de amor incondicional:

“¿Con quién hablas?”, “Es por tu bien”, “Sin mí no puedes”, “¿Pues no que me amas?”, “No se te puede decir nada porque te molestas”, “Creo en el feminismo, pero eso de ponerle primero tu apellido ya es demasiado”.

Desgasta sin hacer ruido, no deja marcas físicas, pero desvaloriza, confunde, aísla y hace que la víctima dude de su percepción, de su voz y de su fuerza.

Si para amar debes hacerte menos, eso no es amor: es sometimiento.

 

  1. La violencia institucional: cuando el sistema falla

La violencia institucional aparece cuando las puertas están, pero no abren; cuando la ley existe, pero no protege; cuando denunciar es una carrera de obstáculos; cuando el trámite es eterno; cuando la denuncia se archiva; cuando el gobierno te borra, te calla o te olvida.

Aparece también cuando las instituciones son utilizadas por el agresor como vehículo para intensificar la violencia.

No es un error aislado, es una falla que se repite, cuando la institución que debe protegerte te daña por su silencio, su falta o indebido actuar duplica la violencia de la que vienes solicitando protección.

Un sistema viciado amplifica la violencia.

  1. La violencia económica: cuando el dinero se convierte en poder

La violencia económica se expresa en salarios desiguales, en la prohibición de trabajar, en el uso del dinero como castigo y control, recordemos que sin autonomía financiera, la libertad es frágil.

La falta de pago de pensiones alimenticias se usa como arma para controlar y humillar, dejando a un lado a las infancias.

El deudor cambia el relato: incumple y aun así se presenta como víctima, pues ahora cobrar lo que corresponde se convierte en motivo de reproche.

Quien usa el dinero como arma de control, destruye.

  1. La violencia vicaria: cuando el daño se ejerce a través de las infancias

La violencia vicaria no busca el conflicto directo: busca el daño más profundo, utiliza a hijas e hijos no como personas, sino como instrumentos, como mensaje, como castigo, como campo de batalla.

Manipula visitas, incumple acuerdos, genera miedo y desgaste emocional en las infancias para quebrar a la madre, es una forma de poder ejercida a largo plazo, con cálculo y frialdad.

Reducirla a “conflictos de pareja” o “problemas de custodia” es minimizar lo esencial.

La violencia vicaria rompe el alma, destruye… ¡mata!

  1. La violencia digital: cuando no hay refugio

La violencia digital no es exageración ni hipersensibilidad, es acoso constante, amenazas, difusión de información privada, imágenes sin consentimiento y campañas de desprestigio que se replican en segundos.

El teléfono vibra incluso en casa, cerrar sesión no implica estar a salvo, pues mientras el daño avanza, la respuesta social suele ser lenta, incrédula o cómplice.

La tecnología no solo amplifica la comunicación, también puede expandir lo peor de una persona agresora.

  1. La violencia sexual: cuando el cuerpo se convierte en territorio de poder

La violencia sexual no es un malentendido ni un accidente, es una decisión consciente de cruzar un límite.

No depende de la ropa, del horario ni del lugar, sino del ejercicio de poder sobre el cuerpo ajeno, las preguntas equivocadas que juzgan a la víctima para salvar de culpa al agresor revelan el problema real.

Como dijo Gisèle Pelicot:

“Que la vergüenza cambie de bando: de la víctima al violador”.

  1. La violencia de reemplazo: cuando se castiga la autonomía.

La violencia de reemplazo suele presentarse como “transformación”, “oportunidad” o “relevo inevitable”.

Pero cuando el desplazamiento ocurre al margen de la legalidad, no es reestructura: es violencia institucional.

Duele especialmente cuando otras mujeres aceptan ocupar ese lugar con pleno conocimiento de que se libera a costa de truncar el camino de alguien quien abrió camino y llegó a obtener el lugar por estudios y conocimientos no por argucias políticas, pues recordemos que no toda presencia femenina garantiza justicia y no todo ascenso es avance.

No se legitima el crecimiento sobre la destrucción de la carrera profesional de ninguna mujer.

  1. La violencia política: cuando llegar no significa decidir

La violencia política no siempre se manifiesta con insultos o amenazas, ocurre cuando una mujer llega a un cargo, pero las decisiones importantes siguen siendo tomadas por otros; cuando su voz se filtra, se minimiza o se neutraliza.

No siempre expulsa: a veces mantiene visibles a las mujeres, pero subordinadas.

Cuando llegar no significa decidir, la democracia se convierte en simulacro.

  1. La violencia obstétrica: cuando se niega la autonomía del cuerpo

La violencia obstétrica ocurre cuando se despoja a las mujeres de su voz durante el embarazo, el parto o el puerperio y cuando se les niega la posibilidad de decidir sobre sus derechos reproductivos, incluida la interrupción del embarazo.

No se trata solo de negligencia médica: se trata de control.

“Mi cuerpo, mi decisión.”

  1. La violencia feminicida: cuando el sistema llega tarde

La violencia feminicida no aparece de la nada, es el extremo de una cadena de violencias previas ignoradas, minimizadas o toleradas.

Cada feminicidio es un fracaso acumulado del Estado y de la sociedad.

Llegamos tarde cuando alguna no llega.

  1. La violencia del aislamiento: cuando el silencio castiga

La violencia del aislamiento —la “ley del hielo”— ocurre cuando te dejan de hablar, te excluyen, te ignoran para controlar y herir.

No hay gritos ni golpes visibles, pero duele igual o más, hace sentir invisible, prescindible, culpable. El silencio también es un arma.

Quien de verdad te aprecia no silencia tu voz.

 

Al recorrer estas doce formas, Emili lo confirma:

 

La violencia de género no es un accidente ni un problema ajeno, está en lo que se minimiza, en lo que se normaliza, en lo que se calla, no desaparece sola, no basta con resistirla, nombrarla es el primer acto de ruptura.

 

Exigir justicia, autonomía y dignidad es un acto necesario, porque no habrá libertad sin voz y no habrá justicia mientras el silencio siga protegiendo al agresor, avergonzando a la víctima y se instale como costumbre normalizada en nuestro día a día, en nosotros está desterrarla.

 

@Marthakmagana