Margarita Beatriz Luna Ramos
En el marco del Día Internacional de la Mujer dedico estas líneas a las profesionales del derecho que han dedicado su vida a la enseñanza del Derecho.
El Día Internacional de la Mujer, no es sólo una celebración del presente, sino también el eco de muchas voces del pasado. Las de aquellas mujeres que, con inteligencia, perseverancia y valentía abrieron caminos donde antes sólo había silencios.
Gracias a ellas, hoy las mujeres habitamos con naturalidad los espacios del conocimiento, de la deliberación pública y de la vida jurídica. Pero no olvidemos que cada uno de esos espacios fue conquistado paso a paso, con paciencia histórica y con convicciones profundas. Y, si existe un lugar donde esa conquista adquiere un significado especial, son las universidades.
Las Universidades, son el territorio de las ideas, el lugar donde las generaciones aprenden a pensar, a cuestionar, a construir argumentos y a comprender que la justicia es una aspiración permanente de la humanidad.
Formamos parte de una Facultad de Derecho, que no es sólo un espacio académico: sino el taller donde se forjan conciencias jurídicas, un laboratorio de pensamiento crítico y, sobre todo, un lugar donde se aprende que el derecho no es una simple técnica normativa, sino una herramienta civilizatoria destinada a preservar la dignidad humana.
En ese noble empeño, las maestras ocupan un lugar insustituible.
Porque enseñar derecho no consiste únicamente en transmitir conocimientos técnicos, ni explicar la arquitectura de las normas. Enseñar derecho es algo más profundo. Es formar conciencias jurídicas, es despertar en las nuevas generaciones la sensibilidad por la justicia y recordarles que el derecho no nació para servir al poder, sino para limitarlo y humanizarlo.
Cada clase impartida, es una semilla; cada reflexión compartida, cada argumento discutido en el aula, es una invitación a pensar con rigor y con responsabilidad; cada estudiante que descubre en el derecho una vocación de servicio público, es una esperanza que germina. Por eso, la docencia jurídica es, en el fondo, una forma de construcción del futuro.
Queridas maestras, en sus palabras, en su ejemplo y en su integridad profesional, se forma la mirada de quienes mañana interpretarán la ley, defenderán derechos, impartirán justicia, transformarán positivamente nuestras instituciones.
El derecho puede enseñarse de muchas maneras, pero sólo se honra verdaderamente cuando se practica con ética.
En tiempos complejos, cuando las instituciones enfrentan cuestionamientos y la vida pública exige cada vez mayor responsabilidad, el ejemplo de quienes enseñan derecho adquiere una importancia extraordinaria. Las maestras no sólo transmiten conocimiento, transmiten carácter. No sólo explican principios jurídicos, encarnan los valores que los hacen posibles.
El progreso de las mujeres en la educación y en el derecho ha sido uno de los avances más significativos de nuestro tiempo. Hace apenas algunas décadas, la presencia femenina en las aulas universitarias era todavía excepcional. Hoy, gracias al talento y a la perseverancia de muchas mujeres, las facultades de derecho cuentan con profesoras, investigadoras, magistradas, juezas y líderes académicas que enriquecen la vida jurídica de nuestras instituciones.
Este avance no debe entenderse sólo como una conquista de las mujeres. Es también un avance para la justicia misma.
Queridas maestras:
Las universidades viven de la inteligencia de quienes enseñan y del entusiasmo de quienes aprenden. Pero también viven de algo más profundo: de la vocación de quienes creen que el conocimiento puede transformar positivamente a la sociedad.
Ustedes representan esa vocación. Son mujeres que día tras día, dedican su talento a formar juristas, a cultivar el pensamiento crítico y a recodar a sus estudiantes que el derecho no es un instrumento de poder, sino un camino hacia la justicia.
Que el conocimiento jurídico debe ir acompañado de responsabilidad moral.
Que el verdadero prestigio del abogado no se mide por el éxito inmediato, sino por la rectitud con la que ejerce su profesión.
En este Día Internacional de la Mujer quiero expresarles mi más profundo reconocimiento. Reconocimiento a su trabajo silencioso y constante. A su inteligencia y a su perseverancia. A su contribución a la vida universitaria y al desarrollo del derecho. Pero, sobre todo, reconocimiento a su ejemplo. Porque cada una de ustedes demuestra que la educación es una de las formas más poderosas de construir un mundo más justo.
Permítanme compartir una breve evocación personal: cuando pienso en las que fueron mis maestras, inevitablemente vuelve a mi memoria la imagen de la primera maestra de derecho que conocí, todavía en mi natal San Cristóbal de las Casas, Chiapas, Doña Gloria Italia Robles de Mijangos. Aquella mujer que quizá sin proponérselo abrió para mí la puerta de un mundo nuevo: el mundo del derecho, cuando yo pensaba que mi vocación era la ciencia médica.
Recuerdo su presencia en el aula, segura, serena y firme. Elocuente y conocedora, me enseñó a sentir menos pesada la carga de estudios que en ese entonces percibía ajenos a mi predilección.
Con paciencia y claridad nos enseñó, algo que los años no han hecho sino confirmar, que el derecho no era una simple colección de artículos, sino una estructura destinada a ordenar la convivencia humana; y, que el verdadero jurista no es aquel que memoriza la ley, sino el que comprende su espíritu y asume la responsabilidad de aplicarla con ética y profesionalismo.
Su recomendación cotidiana era: leer con cuidado, argumentar con respeto y con fundamento, a dudar cuando es necesario y a entender que el derecho además de inteligencia y estudio, exige conciencia ética.
Con el paso del tiempo se nos van olvidando muchos detalles de aquellos primeros años universitarios, pero siempre recordaré que el ejercicio del derecho es una forma de servicio a la sociedad.
Quizá ella nunca imaginó hasta qué punto sus palabras acompañarían nuestras trayectorias profesionales. Pero así ocurre con los verdaderos maestros: siembran ideas que siguen creciendo en la vida de sus alumnos, mucho después de haber abandonado el aula. Porque los verdaderos maestros no sólo transmiten conocimiento, transmiten carácter; no sólo enseñan conceptos, forman convicciones.
Y así sin estridencias, sin discursos grandilocuentes, van modelando generaciones de juristas que un día ocuparán tribunales, universidades, oficinas públicas, despachos profesionales, llevando consigo algo de aquella enseñanza primera que nos marcó para siempre de la forma más silenciosa.
Sigamos enseñando con pasión.
Sigamos formando juristas con conciencia ética.
Sigamos creyendo que el derecho, cuando se ejerce con integridad, puede ser una de las herramientas más nobles para preservar la dignidad humana.
Que nuestras aulas sigan siendo espacios donde florezca el pensamiento libre, donde se honre la verdad y donde las nuevas generaciones aprendan que la justicia no es una abstracción, sino una tarea cotidiana.
Y que las mujeres juristas continúen iluminando, con su inteligencia y su sensibilidad el camino del derecho.