Alix Trimmer
La discriminación contra quienes maternan en México no empieza ni termina con el embarazo. Reducirla únicamente a la negativa de contratación o al despido de mujeres embarazadas invisibiliza una red mucho más amplia de obstáculos cotidianos que limitan el acceso al trabajo, al espacio público, a la salud y a la vida social. Además, hablar de maternidad exclusivamente desde la experiencia de las mujeres también deja fuera a muchas otras personas que maternan: hombres solos a cargo de cuidados primarios, familias homoparentales, lesbomaternales, xaternidades, personas trans, personas no binarias o cualquier persona cuidadora principal de una infancia.
La maternidad, o más ampliamente, el ejercicio de los cuidados primarios, sigue tratándose en México como un problema individual que cada persona debe resolver en privado, y no como una función social indispensable que debería estar acompañada por políticas públicas, infraestructura y condiciones laborales compatibles con la vida.
La discriminación más visible es la laboral. En México persisten prácticas ilegales y normalizadas como solicitar pruebas de embarazo durante procesos de contratación, negar ascensos, presionar renuncias o despedir a personas embarazadas. El propio COPRED ha señalado que la mayoría de las quejas relacionadas con embarazo están vinculadas con despidos injustificados y presiones para renunciar. Encuestas demuestran que en la Ciudad de México el 65.6% de las personas considera que las empleadas embarazadas son discriminadas, principalmente al no contratarlas, despedirlas o minimizar su trabajo. No se trata solamente de prejuicios aislados: existe una idea profundamente arraigada de que quien cuida “produce menos”, “falta más” o “representa un costo”.
Pero la discriminación estructural hacia quienes maternan va mucho más allá del empleo formal. Muchas de sus formas más persistentes son sutiles, normalizadas y aparentemente pequeñas. Precisamente por eso pasan desapercibidas.
Una de ellas es la escasa flexibilidad laboral y la resistencia al home office o a esquemas híbridos reales. Después de la pandemia, muchas empresas demostraron que el trabajo remoto era posible. Sin embargo, en cuanto fue viable regresar a oficinas, numerosas organizaciones retomaron esquemas rígidos de presencialidad aun cuando esto afecta especialmente a personas cuidadoras. La discusión suele presentarse como un debate sobre “productividad”, pero en realidad también es una discusión sobre quién tiene derecho a compatibilizar trabajo y cuidados sin ser penalizado profesionalmente. Aunque pensar que solo quienes cuidan pueden o deben laborar remoto también puede ser desequilibrante en la balanza general.
Otro ejemplo profundamente revelador son las licencias de paternidad. En México, por ley, los padres trabajadores tienen únicamente cinco días de licencia pagada tras el nacimiento o adopción de una infancia. Cinco. Además, esa carga económica recae directamente en la parte patronal, no en el Estado. El resultado es perverso en varios niveles: se refuerza la idea de que el cuidado corresponde principalmente a las madres y que los hombres son acompañantes secundarios del proceso de crianza.
Pero esta exclusión también les afecta a ellos. Limitar legal y culturalmente la participación de los padres en los primeros días de vida de sus hijas e hijos no solo reproduce roles de género; también les priva de construir vínculos emocionales tempranos y de involucrarse plenamente en los cuidados desde el inicio. Después nos sorprendemos de que los cuidados recaigan desproporcionadamente sobre las mujeres y personas feminizadas, como si el propio sistema no hubiera diseñado esa desigualdad desde el primer día (o antes).
La discriminación también está en la infraestructura cotidiana. Los baños públicos rara vez cuentan con cambiadores suficientes y, cuando existen, suelen ser pequeños, incómodos, inseguros o estar sucios. La experiencia de salir con un bebé implica muchas veces calcular si existirá un lugar digno para cambiar un pañal. Y aun cuando sí hay cambiadores, normalmente están instalados exclusivamente en baños de mujeres, reforzando la idea de que el cuidado infantil es una responsabilidad femenina.
La ausencia de cambiadores en baños de hombres no es un simple descuido arquitectónico: es una expresión material de los roles de género. El mensaje implícito es claro: se espera que las mujeres cuiden y que los hombres “ayuden”, pero no que ejerzan plenamente tareas de cuidado. De lo difícil que resulta paternar cuando esas infancias van creciendo ni hablemos: un papá rogando que no le pase nada a su hija de 6 años que entra sola al baño público de “mujeres” porque no hay un familiar y tampoco puede entrar con ella al de “hombres”.
Lo mismo ocurre con los espacios para carriolas o infancias. En numerosos restaurantes no existen sillas para bebés, espacios seguros para acomodar carriolas o condiciones mínimas para permanecer con comodidad; de la comida, la calidad ya ni hablamos o escribiría un libro (o varios) en lugar de un artículo. La consecuencia no es menor: quienes maternan ven limitada su participación en la vida social y pública. Muchas veces simplemente dejan de asistir a ciertos espacios porque todo implica una logística excesiva.
El transporte público reproduce esa exclusión. La falta de elevadores funcionales, accesibilidad, espacio suficiente o prioridad efectiva para personas con bebés convierte los traslados en experiencias agotadoras y, a veces, peligrosas. Movernos por la ciudad sigue pensándose desde la lógica de una persona adulta, autónoma, sin dependientes y con plena movilidad física.
Esa misma falta de adaptación impacta incluso el acceso a derechos básicos como la salud. Asistir a consultas médicas en el sector público con una infancia pequeña suele implicar horas de espera en espacios poco adecuados, sin áreas de lactancia, sin cambiadores, sin lugares suficientes para sentarse y muchas veces con personal poco empático frente a las necesidades de cuidado. Todo el sistema parece construido bajo una premisa silenciosa: siempre habrá otra persona —casi siempre otra mujer— disponible para cuidar mientras alguien trabaja, hace trámites o acude a una consulta.
Y esto es apenas una parte de las deficiencias estructurales relacionadas con bebés e infancias. La realidad es que la “maternidad”, en todas sus formas, es castigada constantemente. Se castiga laboralmente, económicamente, urbanísticamente y socialmente. Se castiga cuando alguien pide flexibilidad, cuando ocupa espacio con una carriola, cuando llega tarde porque una infancia enfermó, cuando necesita cargar pañales, juguetes, mochilas y agotamiento emocional mientras intenta seguir funcionando como si nada hubiera cambiado.
Todo esto ocurre, además, en un país que insiste en presumirse como profundamente amoroso con las madres. México celebra el 10 de mayo con festivales escolares, flores, descuentos en electrodomésticos y discursos interminables sobre “el valor de mamá”, mientras al mismo tiempo construye ciudades, trabajos y sistemas incompatibles con cuidar. Felicidades por el Día de las Madres: aquí tiene su rosa y su desayuno con promoción; ahora resuelva sola todo lo demás.
Este artículo también se debe bastante a Danny, mamá de “E”, sobreviviente funcional del urbanismo hostil, de los restaurantes sin periqueras y de la fantasía colectiva de que criar criaturas pequeñas puede hacerse sin infraestructura, tiempo ni paciencia. Como buena millennial —igual que yo— convirtió el cansancio estructural en opiniones perfectamente articuladas y el “esto está dlv” en análisis social. Muchas de las ideas de este texto salieron de vivencias de ella: entre pañaleras, trayectos imposibles, espacios incómodos y esa sensación constante de que el mundo fue diseñado por alguien que jamás ha intentado doblar una carriola mientras carga un café y conserva la dignidad.
Gracias Danny por prestar experiencias, ironía y enojo documentado para este artículo; gracias por ayudarme a ponerle palabras al agotamiento estructural y a esas violencias pequeñas que rara vez se nombran, pero que nunca dejan de sentirse.
Y escribo esto también desde un lugar personal. Yo no soy “mamá”, pero sí soy cuidadora primaria y materno a dos adolescentes dentro de una estructura familiar atípica y profundamente amorosa: junto con mi esposa —porque ambas somos tías de las adolescentes—, mi suegra, que es la abuela paterna de las niñas, y la mamá de ellas. Una red de cuidados compleja, colectiva y funcional (a veces…) que también existe dentro de estructuras poco accesibles, poco reconocidas y poco pensadas por las instituciones. Pero esa conversación merece un artículo completo.
Porque al final, maternar no es únicamente parir. Maternar es cuidar, sostener, organizar, acompañar, alimentar, escuchar, resolver y estar. Y mientras el Estado, los espacios públicos y las estructuras laborales sigan diseñados bajo la idea de que los cuidados son un asunto privado y secundario, quienes maternan seguirán (seguiremos) pagando el costo de sostener una sociedad que depende completamente de ellos mientras actúa como si no existieran.