Diana Gamboa Aguirre
Recientemente en el diálogo público se ha reposicionado el debate sobre la maternidad, a raíz del trágico caso de Lindsay Clancy, cuyo proceso criminal se encuentra en trámite. Esto, derivado de que asfixió hasta la muerte a sus tres hijos, lo cual es un hecho no controvertido en el proceso penal respectivo.
Más allá del trágico caso concreto, cuyos detalles resultan -por decir lo menos- espeluznantes, el asunto ha generado conversaciones de interés en torno a la maternidad, el posparto y sus efectos en la vida de las madres. Esto, con el correlativo silencio generalizado respecto de las víctimas del crimen, que puede explicarse desde el caso Roe como vicio de origen.
En ese contexto, el momento parece idóneo para retomar el análisis de dos temas que considero fundamentales de cara a la reacción pública ante lo sucedido. Por un lado, la indiferencia y aversión frente a la maternidad desde el Estado, la sociedad y la cultura.[1] Por otra parte, las consecuencias de la negación de dignidad de la vida humana en todas sus etapas.
Ambas realidades y sus efectos, se muestran como reflejo palpable de la inhumanidad cotidiana, que se nos ha hecho costumbre.
Fuera de los extremos -francamente lunáticos- de mujeres que, ante la necesidad de atención digital, utilizan a sus hijos pequeños como herramienta de interacción, pretendiendo herirlos en redes sociales bajo el slogan de “same lindsay”, el asunto ha desatado una reacción política que merece la pena referir.
Un grupo importante de mujeres se ha manifestado públicamente, con el objetivo de visibilizar las fallas del sistema sanitario ante las crisis psíquicas asociadas a la maternidad.[2] Críticas admisibles si se tiene en cuenta el abandono generalizado de las madres, desde el proceso gestacional. Visible -por ejemplo- en el famoso slogan de “su cuerpo, su decisión”, que materialmente se traduce en “es su problema”.
Aunado a ello, es innegable la narrativa social y cultural de la maternidad como “estorbo” para el “desarrollo” de la mujer. El enfoque generalizado en las porciones más demandantes y complejas de la maternidad, infundiendo en tantas mujeres temor o angustia ante la mera idea de ser madres. Así como la categorización negativa de la transformación física, psíquica e integral que vive una mujer después del nacimiento de un hijo.
Difícilmente podemos identificar una realidad -fundamental para la supervivencia humana- tan desvalorada como la maternidad. Lo cual hace entendible que tantas mujeres hayan encontrado en el caso Clancy una justificación para externar indignación ante el abandono generalizado de las madres.
Por otra parte, el estremecedor silencio por lo que hace a las víctimas de Clancy: Cora, de 5 años, Dawson de 3 y Callan, de tan solo 8 meses. Tres pequeñitos cuyos últimos momentos de vida quedaron marcados con la imagen de su madre asesinándolos, en aquel trágico enero de 2023.
Una inquietante realidad que confirma los perniciosos efectos culturales que tuvo la vigencia -por casi 50 años- del famoso precedente Roe v. Wade (1973), que fue anulado y superado en 2022, con el caso Dobbs v. Jackson.
Roe constituyó un verdadero árbol envenenado en términos justificativos, pues sembró en el ideario colectivo la noción de que disponer de la vida humana prenatal es un “derecho”, sin que ello encontrara un verdadero sustento constitucional.[3] Asimismo, dejó latente una premisa no escrita, pero necesaria para la afirmación primigenia de la Corte en 1973: la idea de que ciertos miembros de la familia humana carecen de dignidad, en función de una categoría arbitraria de desvalor impuesta desde el poder, consistente en la etapa de desarrollo.
Así, particularmente en la cultura norteamericana se asentó la idea de que la etapa de desarrollo de un individuo humano admite “graduar” su dignidad. Y, en esa medida, hace sentido la indiferencia frente a las víctimas de Clancy, que hoy se confronta con el uso político del caso. No para reivindicar la necesidad de que una madre se responsabilice del bienestar de sus hijos, sino para exponer una crítica -con cierto grado de veracidad- sobre las fallas del sistema de salud frente a las madres.
Es innegable el abandono social, estatal y cultural frente a la maternidad. Sin embargo, no deja de sorprender que, en un contexto en el cual tres pequeños perdieron la vida en manos de quien tenía la responsabilidad de cuidarlos, el enfoque mediático y político -aparentemente mayoritario- sea Lindsay Clancy y su estado de salud mental.[4]
¿La maternidad cansa? Sin duda. Es una experiencia que expande y lleva a confrontar límites reales y también algunos auto impuestos. ¿Es difícil? Muy. Hay momentos de plenitud, pero muchas veces la regla general es la sensación de insuficiencia: “Ojalá pudiera pasar más tiempo con ellos”;
“necesito ser más paciente”; “hoy no jugué lo suficiente” … en fin, la lista es interminable.
Y aún así, contra todo pronóstico, ya que se tiene, no hay título más bello e importante que ese. Quizá ahí radica la belleza natural y trascendental de la maternidad, tan pisoteada y abandonada en nuestro tiempo.
Como bien ha referido Robert Barron, las ideas tienen consecuencias. Y el caso Clancy parece un ejemplo perfecto de las consecuencias de dos posturas sociales y políticas que se han arraigado en el país vecino: que la maternidad estorba y que la vida humana, mientrás más pequeña, es menos valiosa.
Ojalá seamos capaces de reivindicar culturalmente y desde el Derecho, la inconmensurable belleza de la maternidad, así como la necesidad de acompañar y apoyar ese proceso, bajo el reconocimiento del valor de la vida humana en todas sus etapas.
[1] Indiferencia frente a la maternidad que es y aversión por la maternidad que puede ser.
[2] https://www.infobae.com/estados-unidos/2026/08/21/cientos-de-mujeres-vestidas-de-rosa-se-movilizaron-en-apoyo-a-lindsay-clancy-durante-su-juicio/
[3] https://heraldodemexico.com.mx/opinion/2022/6/28/roe-sus-frutos-envenenados-417421.html