Una lectura de la noción de sujeto y poder en Foucault | Paréntesis Legal

Manuel Jorge Carreón Perea

 

 

Foucault es un autor complejo que hace una diferencia esencial entre tres conceptos que para muchos intelectuales pueden remitir a lo mismo: individuo, sujeto y hombre. ¿En qué se diferencian estos tres conceptos y que relación poseen con los movimientos de contracultura?

El autor de Les mots et les choses es muy claro con respecto a algunas dudas que surgen a partir de la lectura de sus obras. Sostiene que él está realmente interesado en la cuestión del sujeto y no precisamente en la del poder como se podría pensar, es por eso que afirma que “…el tema general de mi investigación no es el poder sino el sujeto.”[i] ¿Por qué le interesa a Foucault el sujeto y no el poder? No es que el intelectual francés deseche uno por el otro (el estudio del sujeto por el del poder) pero su intención primordial es crear “…una historia de los diferentes modos de subjetivación del ser humano en nuestra cultura.”[ii] Ahora bien, el sujeto humano siempre se encuentra inmerso en relaciones de producción, significación y poder. Interesa estudiar estas relaciones ya que a partir de ellas se podrán determinar distintos tipos de objetivización del sujeto.

Es necesario, para Foucault, estudiar las relaciones de poder ya que a través de su estudio será posible conocer las condiciones históricas que motivan la conceptualización de los sujetos. ¿Qué implica esta objetivación? Ubicar a los sujetos bajo determinados roles, ejerciendo relaciones de poder que los oprimen o llevan a actuar de un modo determinado, muy contrario a lo que en verdad podrían ser. Si interesa también la cuestión del poder se debe a que éste forma parte de nuestra experiencia, no es algo que únicamente exista en el ámbito de lo teórico.

Determinadas relaciones de poder ejercen su autoridad sobre grupos específicas, los cuales se resisten a ser subyugados bajo determinaciones que les son impuestas. No son meras luchas contra la autoridad, sino que representan luchas de emancipación a ciertas ataduras ideológicas y sociales impuestas de manera violenta, que permiten ejercer algún efecto sobre las acciones de los individuos no alineados.

Estas luchas en contra de lo que se establece como canon para la vida en las sociedades, lo que podríamos considerar “cultura”, la cual determina ciertos tipos de actos que delimitan los actos. En este sentido, la cultura es lo impuesto de facto, lo que se impone y que exige determinadas reglas y costumbres. Estas luchas poseen seis características capitales: son transversales, su objetivo son los efectos del poder, son inmediatas, cuestionan el status del individuo, hay una oposición a los efectos del poder vinculados con el saber y, principalmente, se orientan hacía la pregunta ¿quiénes somos?

Foucault sostiene que “En suma, el objetivo principal de estas luchas no es tanto atacar tal o cual institución de poder, o grupo, o élite, o clase, sino más bien una técnica, una forma de poder”. El poder que crítica nuestro autor es aquel que se ejerce sobre los individuos y que los convierte en sujetos para posteriormente ubicarlos bajo una sola idea que es la de hombre. Esta forma de poder categoriza al individuo, lo transforma en sujeto, ya sea sometido a otro o atado a su propia identidad.

El sujeto, al ser susceptible de ser categorizado puede ser una infinidad de sujetos a la vez, sin realmente ser uno en específico. Esto conlleva a que posteriormente sea considerado “hombre”, es decir, a que sea ubicado bajo una categoría metafísica que no le es inherente en lo absoluto y que por lo tanto lo subyuga, lo universaliza en su individualidad. Se ejerce sobre el individuo un poder totalizante, que se mueve bajo ciertos parámetros ya establecidos y que son considerados correctos. En palabras de Foucault “Es una forma de poder que transforma a los individuos en sujetos.”[iii]. Al someternos a este tipo de poder adquirimos el carácter de hombre-objeto que no es otra cosa que el hombre producto de las relaciones de poder.

En este sentido lo que se intenta resaltar es que las ataduras o subyugaciones que ejerce el poder sobre el individuo no son eternas o dadas de manera imperativa, sino que es posible liberarse de ellas. No existe una forma de actuar que esté determinada a priori y que sirva para regular la vida de los individuos. El Poder lo que intenta es suprimir la capacidad de elección del individuo, limitándolo a ciertas categorías que le establecen forzadamente.

Foucault aboga por las luchas en contra de determinado tipo de poder, las cuales se ejercen no por un afán anarquista o amoral, sino al contrario, porque lo que está de fondo es el interés de hacer viable un proyecto para que nos transformemos en estrategias de resistencia y de este modo sea posible crear una contracultura, que se oponga a la cultura establecida que nos subsume bajo un ideal universal constituido con todas las caracterizaciones que le son convenientes y se adecuan a sus principios.

Todo esto nos lleva a considerar que a partir de acciones en resistencia es posible crear una contracultura, la cual no se basara en los estándares establecidos. La importancia de la creación de los grupos que fomentan determinado tipo de contracultura radica en que se muestra que es posible actuar bajo otro determinado modo, que el que muestra la cultura no es el único válido y universal. La individualidad es posible a través de los movimientos de contracultura, ya que se libra de un conjunto de mecanismos específicos que la contienen y la determinan bajo un único modo de dirigir su vida. Los movimientos de contracultura fomentan nuevas formas de comprendernos, de ubicarnos en la realidad.

Recapitulemos. El individuo soy yo en tanto hombre, pero cuando me convierto en sujeto puedo ser más de mil sujetos en uno sólo, lo cual implica que soy categorizado, lejos de lo que en verdad soy. Ahora bien, la síntesis de todos los sujetos es lo que la cultura ha querido llamar hombre. Bajo ciertas relaciones de poder. Este poder que hemos mencionado es el que se ejerce sobre los sujetos, pero más precisamente sobre sus acciones, así que “…lo que define una relación de poder es que es un modo de acción que no actúa de manera directa e inmediata sobre los otros, sino que actúa sobre sus acciones: una acción sobre la acción, sobre acciones eventuales o actuales, presentes o futuras.”[iv]

Las relaciones de poder se articulan sobre dos elementos primordiales: que el otro sea reconocido siempre (en caso de no reconocerse no se ejerce ninguna relación de poder) y que conserve además su capacidad de acción, ya que en caso contrario no podría reaccionar y dejaría de actuar, lo que implica que se disolvería la relación de poder.

Foucault aboga siempre por la no sumisión del sujeto a las ataduras ideológicas impuestas, o aquello que puede ser considerado “cultura”. Los movimientos contraculturales serian aquellos que nos permitirían “rechazar lo que somos”. Este rechazo es importante, ya que nos libraríamos de categorizaciones que se ejercen sobre nosotros de manera violenta y autoritaria (el elemento de la violencia no es necesariamente físico) y es posible deshacernos de ella gracias a diversos medios, siendo el de la imaginación uno de los más importantes.

Foucault sostiene lo del asunto de la imaginación del siguiente modo “Tenemos que imaginar y construir lo que podríamos ser para librarnos de este tipo de doble atadura política que consiste en la simultanea individualización y totalización de las estructuras del poder moderno.”[v] Mediante la imaginación de diversos modos de ser podemos librarnos de las imposiciones e incluso solventar el problema ético que subyace en toda relación de poder.

De fondo subyace un gran problema ético, de eso no hay la menor duda, ya que la forma en como uno se conduce o como quieren que uno se conduzca trae consigo obviamente una postura ética la pregunta ¿quiénes somos?  que le interesa a Foucault también va ligada a la pregunta ¿qué hacemos? No es que nuestros actos sean correctos, buenos o malos, sino que deberían de ser propios y libres, por más que causen conflictos con el modo de vida imperante, es por ello que la importancia de la contracultura nacida a partir de acciones de resistencia se hace importantísima, en tanto modo de liberarnos y actuar conforme a determinaciones que nosotros mismos asignamos y que van de acuerdo a nuestra vida, a nuestro presente inmediato. Es por ello que el autor sostiene que “El problema filosófico más infalible es el del presente, de lo que somos en este preciso momento”[vi] Lo que seamos, o podamos llegar a ser o dejar de ser, es lo que interesa, porque de fondo no somos más que individuos.

El poder siempre se da sobre sujetos libre y sólo en tanto son libres, lo cual nos permite pensar al sujeto de un modo diferente del que se le obliga a actuar, fuera de la institución. El sujeto siempre es reprimido, pero es lo que se mueve al final, en el que subyace la capacidad de acción. La creación de una contracultura es posible mediante acciones de resistencia.

Foucault no postula una antropología a la manera tradicional, ya que lo que le interesa no es el hombre, sino el individuo; así mismo no está a favor de una filosofía de la cultura, ya que la cultura sería toda la serie de determinaciones impuestas que no permiten el paso libre al individuo. En este sentido la contracultura, opuesta a la cultura en tanto que la primera es elegida libremente, es importantísima, porque le permite al individuo entenderse como individuo y no meramente como sujeto u hombre, en donde deja de existir individualmente para formar parte de una comunidad autoritaria e impositiva, que ejerce el poder sobre nuestra propia vida.

[i] Dreyfus H. L., Rabinow Paul, Michel Foucault, Más allá del estructuralismo y la Hermenéutica, México, UNAM, 1988, p.227

[ii] Ibidem

[iii] Ibid. P. 31

[iv] Ibíd. P 238

[v] Ibíd.P. 234

[vi] Ibíd.P. 234